Tu Palabra, mi plenitud. Semana_50

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El Cordero está en la parte central, ocupa el centro de toda la atención y recibe la adoración de estos cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos los cuales se postran delante del Cordero en señal de adoración. Da comienzo una adoración gloriosa, en la misma presencia de Dios. Toda la creación adorando al único digno de recibirla.
Con un cántico nuevo, fresco, verdaderamente inspirado e inspirador para que todos los allí presentes, unidos levanten ese canto nuevo, como ese incienso de olor grato y fragante que llega hasta la misma presencia de Dios. Qué momento más sublime y glorioso nos relata este pasaje de Apocalipsis, inimaginable humanamente en todo su esplendor y grandeza.

¿Así son nuestros cantos, nuestras alabanzas para Él, el Cordero de Dios? ¿Llegan hasta la misma presencia de Dios?

Los redimidos, con nuestros cantos debemos celebrar este acto de liberación de parte de Dios, celebrar con júbilo el gozo de nuestra salvación. Cristo,  el Cordero fue inmolado, y su sacrificio saldó la deuda, el pago por mis pecados fue la preciosa sangre de Cristo, ni juntando a todos los mejores hombres, a los más encumbrados, nobles, piadosos, sabios y demás, podían pagar esa deuda, ni uno solo, ni todos juntos. (SALDAR: liquidar una deuda por completo; liquidar enteramente)

Los redimidos debemos tener presente siempre que el costo de nuestra redención fue sumamente alto, el único que podía pagar completamente la deuda era el mismo Hijo de Dios, el único digno de poder hacerlo para que mediante su sacrificio, un sacrificio que significaba no solamente la muerte física, sino el renunciar al poder, a la adulación, y que ¡fuera tratado como pecador por su mismo Padre! Para que usted y yo, gocemos de eterna salvación.

2 Corintios 5:21 “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios”.

Para que recibiéramos de Dios, no el castigo implacable, no la “puntilla” final, no las palabras condenatorias, sino el perdón, la aceptación, el trato ahora como hijos a los cuales Dios vuelve otra vez a abrazar, a retener en su regazo. Dios el Padre, ahora nos mira a través de Jesucristo, nos ve junto a nuestro hermano mayor:

Romanos 8:29 (NVI) “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”.

Mateo 12:50 (NVI) “Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

Por tan poderosa razón, ahora nosotros, tú y yo, y todos los redimidos y ¿por qué no? ¡la humanidad completa! debemos levantar nuestra voz y nuestras manos en señal de gratitud en esos nuevos cantos que le honren y le den gloria al que es digno de recibirla, al único que merece cantos llenos de júbilo y de eterna gratitud, no solamente en nuestras reuniones de cada semana, en los cultos o servicios “especiales” de oración, de Alabanza, de Adoración y demás, sino en todo momento y en todo lugar donde nos encontremos.

Dentro de lo humanamente posible podemos dimensionar esto, pero también debemos pedirle a Dios el poder externarlo como lo están haciendo estos cuatro seres y veinticuatro ancianos y millones de ángeles. Que Dios traiga a nuestra vida y espíritu esa revelación en toda su magnitud e intensidad y darle todo el honor y toda la gloria al único que merece ¡el reconocimiento de todo linaje, pueblo, lengua y nación!

Que nuestros cantos de Alabanza y Adoración se renueven cada día y se transformen en ese incienso de olor grato y fragante que sube hasta la misma presencia de Dios.

¡Gloria al Cordero de dios!