Tu Palabra, mi plenitud. Semana_48

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El apóstol Pedro describe a los creyentes bajo cuatro conceptos que afirman nuestra identidad espiritual:

Linaje escogido:

La palabra “Linaje” es usada para designar la correspondencia que existe entre los miembros de una misma familia o alude a la casa a la que originalmente se le ha dado un cierto grado de distinción sobre otras. Dios, por medio del Espíritu de adopción; como lo establece Pablo en su carta a los Romanos (8:15), nos ha hecho parte de su familia. Fuimos escogidos antes de la fundación del mundo y hemos sido injertados en Él cuando de manera legal nuestros pecados fueron pagados en la cruz con la muerte de Jesús y de forma milagrosa la naturaleza pecaminosa del hombre fue llevada del reino de las tinieblas a su luz admirable.

Ser miembro de la familia de Dios nos permite tener derechos que podemos disfrutar pero también asumir responsabilidades que nos hacen crecer y madurar para la extensión de su reino.

Real sacerdocio:

El figura del sacerdote en la escritura tiene gran relevancia, pues representaba a Dios delante de los hombres y a los hombres delante de Dios, es decir; su función era la de un mediador.

La escritura nos enseña que ese ministerio fue perfeccionado en la persona de Jesús y que, al habitar dentro de cada uno de nosotros; nos ha constituido como un reino de sacerdotes. En latín la palabra para sacerdote es “pontifex” que significa “constructor de puentes” por lo que podemos asumirnos como tales. Construimos puentes para que otros puedan llegar a Dios.

Tenemos el gran privilegio de orar por otros, de ministrar sus necesidades, de servirles y representar dignamente el amor que Dios tiene por todos los hombres que reconocen su necesidad de Él.

Nación santa:

Estar dedicados al Señor nos hace un pueblo diferente. Somos apartados para regocijarnos en Él, disfrutar de su presencia y servirle por amor. Ya no dependemos de nosotros mismos, renunciamos a ese derecho sólo para ser como Jesús y estar sujetos a Él en obediencia. El enfoque ahora está solo puesto en el Señor y en dar la gloria debida a su nombre.

Pueblo adquirido:

Somos posesión de Dios. Él pagó un altísimo precio para hacernos de su propiedad. En gran medida el valor de un objeto radica en aquel a quien le pertenece. Que gran privilegio saber que el Señor es nuestro Dueño. En eso consiste nuestra dignidad, en que pertenecemos a Dios.

Todo lo anterior se resume en el resultado de la obra del Espíritu que ha cambiado nuestra naturaleza y que nos permite proclamar la verdad, ser portavoces de un mensaje eterno que declara la grandeza y la majestad de Dios y anunciar lo admirable de su luz.

¡ La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos nosotros!