Tu Palabra, mi plenitud. Semana_47

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A menudo hemos escuchado la instrucción de orar los unos por los otros, o de interceder por aquellos conocidos o desconocidos, cercanos o no tanto, que no han escuchado las buenas nuevas (el Evangelio); tener presente en nuestro tiempo de oración a algún conocido, amigo, pariente, etc., que necesite ser apoyados en oración, así como alguien lo hizo por mí, y fue escuchado por Dios. La tarea o el encargo de interceder los unos por los otros, es un reto, no es fácil encontrar a esa persona o personas comprometidas con esta tarea, y en algún momento dado puede “incomodar” porque significa tomar una decisión valiente que requiere de amor, constancia y dedicación.

En los primeros capítulos, Ezequiel anuncia el juicio inminente de Dios sobre la nación, un pueblo que se había vuelto intransigente, sumamente rebelde, desobediente e insensible debido a la idolatría y la corrupción moral en todos los asuntos públicos y privados, las intrigas internas entre sus gobernantes y sus alianzas con otras naciones idólatras y acaudaladas en las cuales habían “apostado” y confiado para que los libraran de la esclavitud y de esta forma evitar que cayeran en manos de sus opresores.

La fidelidad y el amor de Dios por su pueblo eran tan inmensos, que Él mismo a través del profeta le dice al pueblo lo qué es necesario que hagan para evitar el castigo:

“Yo he buscado entre ellos a alguien que los defienda; alguien que se ponga entre ellos y yo, y que los proteja como una muralla; alguien que me ruegue por ellos para que no los destruya. Pero no he encontrado a nadie”. Ezequiel 22:30 (TLA)

Algo así como...“vamos, intercedan, aboguen por sus hermanos, ¿quién se pone en la “brecha”?, ¿quién dice yo...?

El deseo de Dios era restaurar a la nación, pastorearla nuevamente, librarla de la esclavitud, de la corrupción y de la idolatría. Restablecer nuevamente la alabanza y la adoración. Él quería ver señales de arrepentimiento, un voto de confianza en Él y una señal de amor de los unos por los otros. De esta forma la nación entera recuperaría toda la grandeza y esplendor que tuvo cuando era un solo reino, fuerte, gobernado y dirigido por Dios mostrando así su gloria ante todas las naciones.

Sin embargo no fue así, no hubo alguien que lo hiciera y la nación entera cayó bajo el yugo de Babilonia. ¿Así era nuestra condición? En su palabra Dios nos dice cómo y en dónde estábamos:

A ustedes, Él les dio vida cuando aún estaban muertos en sus delitos y pecados, los cuales en otro tiempo practicaron, pues vivían de acuerdo a la corriente de este mundo y en conformidad con el príncipe del poder del aire, que es el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”. Efesios 2:1 y 2 (RVC)

Jesucristo llegó a nuestra vida en el momento preciso, cuando tal vez estábamos inmersos en un mundo o un medio ambiente en el cual solo había confusión y oscuridad sin fe, sin Dios, sin esperanza, sin amor. Como lo menciona al principio: alguien abogó por mi, y fue escuchado.

Jesucristo, la imagen misma de Dios, Su Presencia, Su Palabra trae la salvación para toda la humanidad, esa imagen se hace cada vez más grande en nuestra vida. Jesucristo se puso en la “brecha” por nosotros, por usted y por mi, así lo dice la carta a los Hebreos 10:5 al 7 (NVI):

“Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo: «A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste
un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: “Aquí me tienes -como el libro dice de mí-. He venido, oh Dios, a hacer tu voluntad”».

Nadie, ningún otro podía pagar el costo de nuestra salvación, sólo Él, el Hijo de Dios tuvo el carácter y los méritos suficientes para satisfacer la justicia de Dios, para interceder por toda la humanidad para su salvación y no solamente “dar la cara” sino su vida, hasta la última gota de su sangre. Jesucristo nos da el ejemplo a seguir, Él mismo está al lado del Padre intercediendo, abogando por cada uno de nosotros sus hijos para ser guardados, protegidos, instruidos y capacitados en su nombre.

Juan 17:11 y 20 (RV60):

“Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos”.

¡ la gracia de nuestro señor Jesucristo esté con todos nosotros!