Tu Palabra, mi plenitud. Semana_45

 

Por desgracia todos estamos expuestos a transitar por el peligroso camino del prejuicio. Dominados por aquello que perciben los sentidos creamos en la mente, casi de forma inmediata, un cuadro completo; pero sin fundamento, de lo que está frente a nosotros.

Juzgamos anticipadamente situaciones o personas (incluyendo sus motivaciones) influenciados en gran medida por conceptos individuales que son empujados poderosamente por nuestra imaginación.

La Biblia nos enseña en el libro del profeta Jeremías, cuyo ministerio duró más de cuarenta años (y quien fuera testigo de la cautividad del pueblo hebreo en Babilonia), las consecuencias de construir conceptos o ideas, fundamentados en nuestras percepciones:

“Dijo el Señor: Porque dejaron mi ley, la cual di delante de ellos, y no obedecieron a mi voz, ni caminaron conforme a ella; antes se fueron tras la imaginación de su corazón”. (Jeremías 9:13-14).

“Pero no oyeron, ni inclinaron su oído, antes se fueron cada uno tras la imaginación de su malvado corazón”. (Jeremías 11:8).

Si analizamos profundamente la idea de los versos anteriores, podremos darnos cuenta de que no sólo hemos juzgado equivocadamente a las personas que vemos o las situaciones que enfrentamos sino que incluso nos hemos atrevido a emitir un juicio anticipado de Dios, de su persona, de sus mandamientos y aun de sus propósitos.

Unos lo hacen por ignorancia, otros por los caprichos de su mente entenebrecida, algunos más porque pretenden negar la existencia de una autoridad mayor sobre sí mismos y, nunca faltan aquellos que tienen por filtro su experiencia para establecer parámetros con los que miden todas las cosas.

Visiones tales como la de un dios con garrote que con enojo nos vigila desde las alturas, dispuesto a castigarnos a la menor provocación; o uno débil, carente de emociones y desconectado de las necesidades humanas; o hasta la de un dios permisivo al que sólo le interesa que el hombre sea feliz, sin importar el costo o el resultado de sus acciones justificadas en una errónea idea del amor que tiene por el hombre; todas son tan distantes de la esencia verdadera de su carácter como lo son el norte del sur y la luz de las tinieblas.

Dios nos declara, por tanto, cuál es el punto de partida para entender su corazón. Establece la pureza y bondad de sus atributos como el generador de pensamientos de paz y bendición para cada persona que esta dispuesta a conocerlo sin apresurarse, sin imaginarse, sin establecer patrones o criterios previos que nublen el entendimiento de cuáles son sus planes y propósitos reales para cada uno de nosotros.

Sin duda alguna, esto produce en nuestra vida una fe cada vez más robusta y una gracia que nos libra de caer en los excesos de la mente, ágil y perspicaz, inclinada generalmente a la maldad si no ha sido redimida en la justicia de aquel que tiene el poder de librarnos de sus peligrosos efectos.

¡DIOS LES BENDIGA!