La reflexión de la semana

 



Desde la primaria, los maestros, me enseñaron, manzanitas uno, dos y aritmética, más tarde en la secundaria, matemáticas y posteriormente en la universidad cálculo integral y estructuras.

¡En todos los libros, era este principio: «Diez es mayor que nueve». Había que obedecer el principio y seguir el procedimiento para llegar al resultado final. En la vida profesional y natural, supe que si tienes diez bultos de cemento alcanza más que nueve.

Siempre el principio era que cien es mayor es que noventa.

Al llegar a CRISTO, aprendí a través de la BIBLIA que noventa es mayor que cien ¡cuando ya diezmaste!

El reino de Dios se mueve bajo principios y leyes que Él ha puesto para nuestro beneficio. Quebrantar estos principios y leyes trae consecuencias graves y dolorosas.

Así como hay leyes de la física, termodinámica, matemáticas, y mucho más, también el Reino de Dios las tiene. No conocer los principios y leyes espirituales de éste y no practicarlos, es no vivir como Él manda.

Un PRINCIPIO es Mateo 6:33. “Lo más importante es que reconozcan a Dios como único Rey, y que hagan lo que él les pide. Dios les dará a su tiempo todo lo que necesiten”. (BLS)

Abraham es un ejemplo de confianza en Dios, que siguió la voz del altísimo invisible y lo demostró con obediencia. El Señor hizo un pacto con Abraham después de la batalla de los reyes. Abraham le dio el diezmo a Melquisedec del botín de guerra, porque Dios lo había prosperado. (Génesis 14:20)

En Génesis 22:1-2 Dios prueba a Abraham pidiéndole en sacrificio a su único y primogénito hijo con
Sara, después de tanta espera ahora se lo pide. Y no dudó en hacerlo porque le CREYÓ y OBEDECIÓ. Dios no se lo pidió dos veces, solo una, y Abraham 
actuó de inmediato.

Abraham iba a adorar a Dios, junto con su hijo, (Génesis 22:5), y esto nos enseña que el sacrificio al Señor es una forma de adorarle.

ADORAR significa: reverenciar, demostrar que algo tiene valor, demuestra devoción. Abraham confiaba en Dios, sabía que su primogénito le pertenecía
a Dios
“AHORA SÉ...”, fue la expresión de Dios. Dios sabía que Él era el primero en TODO para con Abraham porque le demostró obediencia absoluta. Creer que Dios hará lo que promete hace más fácil obedecer. Diezmar es una forma de adorar a Dios.

DIOS DEBE SER EL NÚMERO UNO EN NUESTRA VIDA.

Proverbios 3:9-10 “Demuéstrale a Dios que para ti Él es lo más importante. Dale de lo que tienes y de todo lo que ganes; así nunca te faltará ni comida ni bebida”. (BLS).

Romanos 11:36 “Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén”. (NVI).

En el llamado a servirle en las misiones y extender el Reino, hemos vivido día a día estas palabras que se han cumplido en nuestras vidas.

Quienes dan con la actitud correcta saben que mientras más le dan a Dios, más bendiciones Él les devolverá en la cosecha.

Debemos adorar sembrando con generosidad.

2 Corintios 9:6 “Recuerden esto: El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará”.

A. H. V.

Puente de Dios a las Naciones, Panamá. 

 

El Cordero está en la parte central, ocupa el centro de toda la atención y recibe la adoración de estos cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos los cuales se postran delante del Cordero en señal de adoración. Da comienzo una adoración gloriosa, en la misma presencia de Dios. Toda la creación adorando al único digno de recibirla.
Con un cántico nuevo, fresco, verdaderamente inspirado e inspirador para que todos los allí presentes, unidos levanten ese canto nuevo, como ese incienso de olor grato y fragante que llega hasta la misma presencia de Dios. Qué momento más sublime y glorioso nos relata este pasaje de Apocalipsis, inimaginable humanamente en todo su esplendor y grandeza.

¿Así son nuestros cantos, nuestras alabanzas para Él, el Cordero de Dios? ¿Llegan hasta la misma presencia de Dios?

Los redimidos, con nuestros cantos debemos celebrar este acto de liberación de parte de Dios, celebrar con júbilo el gozo de nuestra salvación. Cristo,  el Cordero fue inmolado, y su sacrificio saldó la deuda, el pago por mis pecados fue la preciosa sangre de Cristo, ni juntando a todos los mejores hombres, a los más encumbrados, nobles, piadosos, sabios y demás, podían pagar esa deuda, ni uno solo, ni todos juntos. (SALDAR: liquidar una deuda por completo; liquidar enteramente)

Los redimidos debemos tener presente siempre que el costo de nuestra redención fue sumamente alto, el único que podía pagar completamente la deuda era el mismo Hijo de Dios, el único digno de poder hacerlo para que mediante su sacrificio, un sacrificio que significaba no solamente la muerte física, sino el renunciar al poder, a la adulación, y que ¡fuera tratado como pecador por su mismo Padre! Para que usted y yo, gocemos de eterna salvación.

2 Corintios 5:21 “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios”.

Para que recibiéramos de Dios, no el castigo implacable, no la “puntilla” final, no las palabras condenatorias, sino el perdón, la aceptación, el trato ahora como hijos a los cuales Dios vuelve otra vez a abrazar, a retener en su regazo. Dios el Padre, ahora nos mira a través de Jesucristo, nos ve junto a nuestro hermano mayor:

Romanos 8:29 (NVI) “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”.

Mateo 12:50 (NVI) “Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

Por tan poderosa razón, ahora nosotros, tú y yo, y todos los redimidos y ¿por qué no? ¡la humanidad completa! debemos levantar nuestra voz y nuestras manos en señal de gratitud en esos nuevos cantos que le honren y le den gloria al que es digno de recibirla, al único que merece cantos llenos de júbilo y de eterna gratitud, no solamente en nuestras reuniones de cada semana, en los cultos o servicios “especiales” de oración, de Alabanza, de Adoración y demás, sino en todo momento y en todo lugar donde nos encontremos.

Dentro de lo humanamente posible podemos dimensionar esto, pero también debemos pedirle a Dios el poder externarlo como lo están haciendo estos cuatro seres y veinticuatro ancianos y millones de ángeles. Que Dios traiga a nuestra vida y espíritu esa revelación en toda su magnitud e intensidad y darle todo el honor y toda la gloria al único que merece ¡el reconocimiento de todo linaje, pueblo, lengua y nación!

Que nuestros cantos de Alabanza y Adoración se renueven cada día y se transformen en ese incienso de olor grato y fragante que sube hasta la misma presencia de Dios.

¡Gloria al Cordero de dios! 

 

Has leído en la BIBLIA, “¿No se venden dos pajarillos por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”. (Mateo 10:29-31 - DHH).

¿Qué es más engorroso que el cabello? ¿Quién hace un inventario de los folículos? Llevamos cuentas de otros recursos: La cantidad de dinero en el banco, los kilos que indica la báscula. Pero, ¿el cabello en la piel? Nadie, ni siquiera el hombre que cada día está más calvo, coloca pequeños mechones de lado. Nos peinamos, nos teñimos el cabello. Nos lo cortamos ... pero no lo contamos: Dios si lo hace. En el tiempo de Jesús, un cuarto era una de las monedas menores en circulación. Con un cuarto se compraban dos pajarillos. En otras palabras, todo mundo podía comprar dos pajarillos. Pero ¿Por qué lo querían hacer? ¿Cuál era el propósito de eso? ¿Qué meta lograrían?

En el Evangelio de Lucas, Jesús va un paso más en cuanto al Amor “¿No se venden cinco pajarillos por dos moneditas? Sin embargo, Dios no se olvida de ninguno de ellos”. (12:6)

Un cuarto compraba dos pajarillos. Dos cuartos, sin embargo, compraban cinco. ¡El vendedor incluía el quinto gratis!

Todavía la sociedad tiene su buena parte de pajarillos número cinco: Almas indefinidas que se sienten innecesarias, inútiles, qué valen menos que un cuarto. Encontraras una parvada de pajarillos número cinco en los orfanatorios. En un país de Asia, el tener un solo hijo tiene su manera de filtrar a los débiles. Los bebes saludables tienen preferencia sobre los discapacitados. Los niños que ahí no pueden hablar o ver, tienen pocas posibilidades de llevar una vida saludable y productiva. Todos los mensajes les dicen: +Tú no le importas a nadie+ Así que cuando alguien les dice que eso no es cierto, se conmueven profundamente. Un Misionero que trabaja en ese país, describe un momento que nunca se les olvidará. A los niños huérfanos y sordos, les regalaron un libro para niños que se llama TÚ ERES ESPECIAL. La historia describe a David, un niño de madera en una aldea de gente de madera. Los habitantes de ahí acostumbraban a pegarles estrellitas a los que obtenían buenos resultados, y pegarles círculos a los que tienen dificultades. David, tenía tantos círculos que la gente le pegaba más sin razón alguna.

Pero entonces conoció a Elí el Carpintero, su Creador. Elí le dio apoyo paternal, diciéndole que no tomara en cuenta las opiniones de los demás. <<Yo te formé>> Y no cometo errores.

David nunca había escuchado palabras como esas. Cuando entendió lo que le dijo su Creador, los círculos comenzaron a caerse. Cuando los niños del orfanatorio escucharon esas palabras, sus mundos comenzaron a cambiar.

¿Necesitas un recordatorio? ¿Alguna posibilidad de que estas palabras estén entrando en los oídos de un pajarillo número cinco? Si es así, es hora de enfrentar el temor de que no eres importante; para ÉL si eres importante.

Jeremías. 1:5 (DHH) “Antes de darte la vida, ya te había yo escogido; antes de que nacieras, ya te había yo apartado; te había destinado a ser profeta de las naciones”.

A. H. V.

Puente de Dios a las Naciones, Panamá. 

 

El apóstol Pedro describe a los creyentes bajo cuatro conceptos que afirman nuestra identidad espiritual:

Linaje escogido:

La palabra “Linaje” es usada para designar la correspondencia que existe entre los miembros de una misma familia o alude a la casa a la que originalmente se le ha dado un cierto grado de distinción sobre otras. Dios, por medio del Espíritu de adopción; como lo establece Pablo en su carta a los Romanos (8:15), nos ha hecho parte de su familia. Fuimos escogidos antes de la fundación del mundo y hemos sido injertados en Él cuando de manera legal nuestros pecados fueron pagados en la cruz con la muerte de Jesús y de forma milagrosa la naturaleza pecaminosa del hombre fue llevada del reino de las tinieblas a su luz admirable.

Ser miembro de la familia de Dios nos permite tener derechos que podemos disfrutar pero también asumir responsabilidades que nos hacen crecer y madurar para la extensión de su reino.

Real sacerdocio:

El figura del sacerdote en la escritura tiene gran relevancia, pues representaba a Dios delante de los hombres y a los hombres delante de Dios, es decir; su función era la de un mediador.

La escritura nos enseña que ese ministerio fue perfeccionado en la persona de Jesús y que, al habitar dentro de cada uno de nosotros; nos ha constituido como un reino de sacerdotes. En latín la palabra para sacerdote es “pontifex” que significa “constructor de puentes” por lo que podemos asumirnos como tales. Construimos puentes para que otros puedan llegar a Dios.

Tenemos el gran privilegio de orar por otros, de ministrar sus necesidades, de servirles y representar dignamente el amor que Dios tiene por todos los hombres que reconocen su necesidad de Él.

Nación santa:

Estar dedicados al Señor nos hace un pueblo diferente. Somos apartados para regocijarnos en Él, disfrutar de su presencia y servirle por amor. Ya no dependemos de nosotros mismos, renunciamos a ese derecho sólo para ser como Jesús y estar sujetos a Él en obediencia. El enfoque ahora está solo puesto en el Señor y en dar la gloria debida a su nombre.

Pueblo adquirido:

Somos posesión de Dios. Él pagó un altísimo precio para hacernos de su propiedad. En gran medida el valor de un objeto radica en aquel a quien le pertenece. Que gran privilegio saber que el Señor es nuestro Dueño. En eso consiste nuestra dignidad, en que pertenecemos a Dios.

Todo lo anterior se resume en el resultado de la obra del Espíritu que ha cambiado nuestra naturaleza y que nos permite proclamar la verdad, ser portavoces de un mensaje eterno que declara la grandeza y la majestad de Dios y anunciar lo admirable de su luz.

¡ La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos nosotros! 

 

A menudo hemos escuchado la instrucción de orar los unos por los otros, o de interceder por aquellos conocidos o desconocidos, cercanos o no tanto, que no han escuchado las buenas nuevas (el Evangelio); tener presente en nuestro tiempo de oración a algún conocido, amigo, pariente, etc., que necesite ser apoyados en oración, así como alguien lo hizo por mí, y fue escuchado por Dios. La tarea o el encargo de interceder los unos por los otros, es un reto, no es fácil encontrar a esa persona o personas comprometidas con esta tarea, y en algún momento dado puede “incomodar” porque significa tomar una decisión valiente que requiere de amor, constancia y dedicación.

En los primeros capítulos, Ezequiel anuncia el juicio inminente de Dios sobre la nación, un pueblo que se había vuelto intransigente, sumamente rebelde, desobediente e insensible debido a la idolatría y la corrupción moral en todos los asuntos públicos y privados, las intrigas internas entre sus gobernantes y sus alianzas con otras naciones idólatras y acaudaladas en las cuales habían “apostado” y confiado para que los libraran de la esclavitud y de esta forma evitar que cayeran en manos de sus opresores.

La fidelidad y el amor de Dios por su pueblo eran tan inmensos, que Él mismo a través del profeta le dice al pueblo lo qué es necesario que hagan para evitar el castigo:

“Yo he buscado entre ellos a alguien que los defienda; alguien que se ponga entre ellos y yo, y que los proteja como una muralla; alguien que me ruegue por ellos para que no los destruya. Pero no he encontrado a nadie”. Ezequiel 22:30 (TLA)

Algo así como...“vamos, intercedan, aboguen por sus hermanos, ¿quién se pone en la “brecha”?, ¿quién dice yo...?

El deseo de Dios era restaurar a la nación, pastorearla nuevamente, librarla de la esclavitud, de la corrupción y de la idolatría. Restablecer nuevamente la alabanza y la adoración. Él quería ver señales de arrepentimiento, un voto de confianza en Él y una señal de amor de los unos por los otros. De esta forma la nación entera recuperaría toda la grandeza y esplendor que tuvo cuando era un solo reino, fuerte, gobernado y dirigido por Dios mostrando así su gloria ante todas las naciones.

Sin embargo no fue así, no hubo alguien que lo hiciera y la nación entera cayó bajo el yugo de Babilonia. ¿Así era nuestra condición? En su palabra Dios nos dice cómo y en dónde estábamos:

A ustedes, Él les dio vida cuando aún estaban muertos en sus delitos y pecados, los cuales en otro tiempo practicaron, pues vivían de acuerdo a la corriente de este mundo y en conformidad con el príncipe del poder del aire, que es el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”. Efesios 2:1 y 2 (RVC)

Jesucristo llegó a nuestra vida en el momento preciso, cuando tal vez estábamos inmersos en un mundo o un medio ambiente en el cual solo había confusión y oscuridad sin fe, sin Dios, sin esperanza, sin amor. Como lo menciona al principio: alguien abogó por mi, y fue escuchado.

Jesucristo, la imagen misma de Dios, Su Presencia, Su Palabra trae la salvación para toda la humanidad, esa imagen se hace cada vez más grande en nuestra vida. Jesucristo se puso en la “brecha” por nosotros, por usted y por mi, así lo dice la carta a los Hebreos 10:5 al 7 (NVI):

“Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo: «A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste
un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: “Aquí me tienes -como el libro dice de mí-. He venido, oh Dios, a hacer tu voluntad”».

Nadie, ningún otro podía pagar el costo de nuestra salvación, sólo Él, el Hijo de Dios tuvo el carácter y los méritos suficientes para satisfacer la justicia de Dios, para interceder por toda la humanidad para su salvación y no solamente “dar la cara” sino su vida, hasta la última gota de su sangre. Jesucristo nos da el ejemplo a seguir, Él mismo está al lado del Padre intercediendo, abogando por cada uno de nosotros sus hijos para ser guardados, protegidos, instruidos y capacitados en su nombre.

Juan 17:11 y 20 (RV60):

“Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos”.

¡ la gracia de nuestro señor Jesucristo esté con todos nosotros! 

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